El taller de mi padre
Aprendí a distinguir el oro por el sonido antes que por el color. Mi padre era artesano joyero y su taller no era un lugar al que se entraba de visita: era la casa. Olía a metal caliente y a cera. Sobre la mesa siempre había una pieza a medio terminar que nadie podía mover.
De él aprendí lo que no enseña ninguna escuela: que una joya se termina por dentro, donde nadie va a mirar, y que si el engaste no está perfecto da igual cuánto brille la piedra.
Todavía hoy, cuando reviso una pieza antes de entregarla, la reviso con sus manos.